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El estremecedor relato de Germán Gutiérrez de Piñeres PDF Imprimir E-Mail
domingo, 09 de septiembre de 2007
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"Viví cuatro años en el infierno"  Una crisis personal y económica llevó al ex jugador de Millos a volverse adicto al alcohol y a las drogas siquiátricas. Hace tres meses, gracias a su amigo Eduardo Pimentel, volvió a nacer. Hoy trabaja en el Boyacá Chicó.

Olga Lucía Barona Torres
EL ESPECTADOR

sábado, 08 de septiembre de 2007

Si nació en 1958, el 7 de marzo, las cuentas son claras: tiene 49 años cumplidos. Pero no. El ex jugador Germán Gutiérrez de Piñeres, tres veces campeón con Millonarios, dice que apenas lleva tres meses de vida y tiene argumentos de sobra para afirmarlo. Luego de pasar los últimos cuatro años en un verdadero infierno, de ser adicto al alcohol y a las drogas siquiátricas; de pasar por ocho centros de rehabilitación, intentar suicidarse en nueve ocasiones y vivir 30 días en la calle, tiene toda la razón, acaba de nacer.

Gracias a la mano salvadora de Eduardo Pimentel, quien hace 90 días lo sacó del abismo y lo nombró director de las divisiones menores del Boyacá Chicó Fútbol Club y también gerente deportivo, Gutiérrez de Piñeres puede contar esta estremecedora historia que, para su fortuna, tiene un final feliz.

En una habitación que no supera los cinco metros cuadrados –en un apartamento compartido al norte de Bogotá–, con un televisor, un computador, un pequeño mueble con adornos y unos cuantos afiches de Millonarios, vive hoy en día Germán. Allí nos relató con pelos y señales, y unas cuantas lágrimas, los días más amargos de su vida.

Aunque aún tiene la misma vitalidad con la que jugó más de 500 partidos con Millos, su delgadez (perdió 10 kilos) y su escaso pelo, delatan las huellas de su tragedia, así como las múltiples cicatrices en las muñecas y unas manchas imborrables de quemaduras en las manos y las rodillas producto de torturas en un centro de rehabilitación.

Hace exactamente cuatro años, cuando era director de las divisiones menores de Millonarios, el club decidió sacar del equipo a Gutiérrez de Piñeres, pese a que le debían siete meses de sueldo.

Las deudas sumadas durante ese tiempo, la falta de trabajo y una relación de pareja por fuera del matrimonio, fueron llenándolo de presiones, hasta el punto de que empezó a tomar medicamentos antidepresivos y pastillas para dormir que, mezclados con alcohol, lo volvieron adicto a las drogas siquiátricas. El mundo se le vino encima y, según dice él, prácticamente se enloqueció.

La crisis depresiva se hizo insostenible y, por decisión propia, se internó en un centro de rehabilitación en Bogotá, pero no le funcionó. Ingresó a uno y otro, pero él mismo se daba sus mañas para escaparse. Incluso, en una ocasión, cuando estaba en la Fundación La Luz en Medellín, se voló en el baúl del carro del jugador La Pelusa Pérez, quien un día fue a visitarlo.

También pasó por varias clínicas siquiátricas. Recuerda una en especial, la San Juan de Dios de Chía, a la que entró por ayuda económica de su amigo, el periodista Javier Hernández Bonett.

Lo peor entre lo peor

Cuando volvió a Bogotá, tras huir de la fundación en Medellín, Germán regresó a su casa, pero su esposa ni siquiera le abrió la puerta, por recomendación de los terapeutas. Él pensó que el rechazo duraría un par de días, pero al ver que no fue así, el bogotano de nacimiento y barranquillero de crianza, tuvo que enfrentarse a la dura realidad de vivir en la calle.

Le tocó dormir en varios parques, en el norte de Bogotá, en la 147 con 9ª, en los parques de Cedro Golf y Cedritos. Sin zapatos, sin ropa. Pidió comida en la calle y limosna para comprar droga y alcohol para pasar la noche a la intemperie.

Un día, intentando escoger el mejor banco en el parque para dormir, fue apuñalado en la mano por un indigente.

Ante el desespero de la situación, intentó suicidarse en varias oportunidades. Se cortó las venas, se tomó un veneno y se le tiró –sin éxito– a un tren que pasa por la 147 con 9ª.

¡Uff, un respiro!

Después de la pesadilla de los 30 días negros en la calle, ingresó de nuevo a un centro de rehabilitación. Un día lo visitaron unos primos que habían venido de Estados Unidos y se lo llevaron a vivir a Miami. Trabajó como obrero de construcción, labor que alternó con su trabajo en la escuela de fútbol de su amigo Silvano Espíndola, a quien se encontró allá. Él, al verlo en la situación en que se encontraba, lo llevó algunas veces a su iglesia Casa sobre la Roca y, de alguna forma, Germán logró chapalear ante la adversidad.

Pero su impulso duró apenas 12 meses y de nuevo regresó a Colombia, pensando que ya estaba totalmente recuperado. Las puertas que creía que ya podrían estar abiertas, las laborales y las de su casa, siguieron cerradas.

Siete meses de ‘secuestro’

Reincidió. Volvió al alcohol y a los medicamentos siquiátricos y, por ello, regresó a un hospital de recuperación en el barrio Normandía. Pero todo fue peor. Dice que lo torturaron, le quemaron las manos y las rodillas y que lo mantuvieron todo el tiempo esposado. Se pegaba en la cabeza contra las paredes para suicidarse.

La familia iba a visitarlo, pero el director –"que era un salvaje", dice– no lo dejaba ver. Siete meses después de este ‘secuestro’, la mamá de Gutiérrez de Piñeres tuvo que sacarlo de allí con ayuda de la policía.

Salió, pero no tenía a dónde ir. Entonces un buen día se acordó de las palabras de Espíndola y se internó en una fundación cristiana que se llama El Pacto. Allí permaneció unos cuantos meses y conoció a la señora Mónica Silva, quien le dijo que si no volvía ni a tomar, le ayudaría con la comida y la dormida. Y así fue.

Pasó semanas duras para no recaer. Todos los días le pedía a Dios porque no quería volver más a la calle. Estaba un poco más estable, pero su autoestisma estaba por el suelo y no tenía ningún tipo de motivación. No podía ver a sus hijos, no tenía trabajo, ni casa, no tenía nada.

La luz al final del túnel

Un buen día se consiguió el número del celular de su amigo Eduardo Pimentel y no dudó en llamarlo:

–"Aló, hola Eduardo, soy Germán Gutiérrez de Piñeres.

–Piña, no puedo creerlo, eres tú, dónde te habías metido, te busqué por todos los parques de Bogotá. Dónde estás, ven ya para mi casa, tú sabes dónde es, ven ya, aquí te espero, toma un taxi y yo aquí te lo pago", cuenta apasionadamente.

Germán salió para la casa de Eduardo Pimentel. El encuentro fue lo más emotivo de esta trágica historia. Terminaron llorando abrazados. Fue el encuentro de dos amigos, de dos hermanos.

–"Piña, dime ya en qué te puedo ayudar.

–Eduardo, dame trabajo, por favor.

–Ya, te espero mañana en las oficinas del Chicó", agrega.

El final feliz

Gutiérrez de Piñeres madrugó al otro día. Salió de una residencia en Chapinero –donde dormía– hacia la sede del Chicó. Ese día, justo ese día, hace tres meses, fue su renacer. Arrancó una vida de cero. A comprar zapatos, a comprar ropa, a buscar donde vivir.

Ya instalado y con trabajo, buscó a sus hijos María Juliana, Juan Pablo y Alejandro, a quienes no veía hacía cuatro años. Los recuperó, los visita de vez en cuando, pero prefiere no ir a su antigua casa, pues los recuerdos lo invaden de dolor. Pero le agradece a la madre de sus hijos por sacarlos adelante durante este tiempo.

Está renovado. Se siente como un universitario, de 49 años, recién nacido y con mucha experiencia. Todos los días se levanta a las cinco de la mañana, hace ejercicio, desayuna, se va para las oficinas del Chicó, almuerza, se toma una siesta y en la tarde sale para las canchas del equipo a mirar nuevos talentos.

Se siente solo, pero busca qué hacer. Chatea con sus amigos y sale a comer con alguna amiga. Quiere restablecer su vida en pareja, porque cree que aún está muy joven y tiene todo el derecho a ser nuevamente feliz.

Está entregado a Dios, porque necesita reforzar su recuperación, pero no se cohíbe de nada. Sale a bailar con sus amigas, lleva una vida normal. "Me tengo mucha confianza y sé que no voy a recaer. Ya no tengo compulsiones por el alcohol, me siento recuperado", cuenta convencido.

Está agradecido con muchas personas por esta nueva vida, pero en especial con Pimentel. "Voy a muerte con Eduardo, porque fue el instrumento más importante en esta parte de mi vida para la restauración en todo sentido, porque me motivó, me subió la autoestima y me dio trabajo. Yo tengo claro que mi vida es Millonarios y algún día quiero regresar, pero hoy estoy completamente comprometido con el Chicó".

Desea también regresar a la radio, en la que incursionó en 1990, cuando se retiró de las canchas. Es periodista graduado de la Inpahu y en el pasado trabajó en Caracol, Colmundo, Todelar y RCN.

"Esos cuatro años fueron una especie de desierto por el cual yo tuve que pasar para encontrarme a mí mismo. Lo acepto con mucha humildad. Reconozco que perdí cuatro años de mi vida, pero ahora estoy dispuesto a recuperarlos", se despidió Germán Gutiérrez de Piñeres. Se despojó de su traje de corbata que lució para la entrevista y sacó de un pequeño closet que apenas tiene unas cuantas prendas, su nuevo overol de trabajo: la sudadera de El Chicó.

Hoy camina orgulloso por la calle y ahora sí, con la cabeza en alto, saluda a quien lo reconoce, ya no tiene que esconderse entre los harapos, el alcohol y la droga, que lo tuvieron cerca de la muerte.

Su trayectoria

Germán Gutiérrez de Piñeres nació en Bogotá, en la Clínica Palermo. Desde muy pequeño sus padres se lo llevaron para Barranquilla, donde estudió en el colegio San José de los padres jesuitas.

Cuando se graduó en 1975 se vino para Bogotá a estudiar arquitectura por darle gusto a su papá, pues su ilusión desde pequeño fue ser futbolista. Así que un día del año 1976 fue a probarse en las divisiones menores de Millonarios y allí se quedó.

En 1978 renunció el técnico ‘El Cabezón’ Soler y Jaime Arroyave, su estratega en las menores, lo subió al profesionalismo a los 18 años y debutó el 22 de enero. Jugó algunos partidos y pudo celebrar en la cancha el campeonato de Millonarios de ese año.

Se consolidó en la titular de Millonarios, se coronó campeón nuevamente en el 87 y 88, y en 1990 se retiró. Estudió cinco semestres de arquitectura y se graduó de periodista.

Fue varias veces director de las divisiones menores de Millonarios e inclusive en una ocasión le dieron el equipo profesional. También fue técnico de la B con Fiorentina, Alianza Petrolera, Girardot Fútbol Club, la Academia Bogotana y El Cóndor. Integró el cuerpo técnico de Santa Fe, junto con Slobodan Zecevic y Juan José Peláez, y dirigió en El Salvador.

 
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