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Jhon Edison Castaño: Maradona colombiano
sábado, 18 de julio de 2015
Image Hace 30 años fue la mayor esperanza del fútbol colombiano. Jhon Edison Castaño pasó de ser comparado con Maradona (por el mismo Maradona) a un olvido casi total Por: Camilo A. Amaya G. / Fotografía: Ricardo Pinzón Hidalgo Image

 Muchos no lo recuerdan, pero yo sí. Con su pelo esponjoso y su cuerpo compacto haciendo regates que enloquecían a los defensas rivales. Lo veo con una camiseta color salmón que llevaba terciada la bandera de Colombia y que siempre me pareció el uniforme más bonito que había tenido la selección en toda su historia. Lo recuerdo en ese equipo juvenil que brilló en el Suramericano de Asunción, Paraguay, en 1985, y en ese América de Cali que a mediados de los ochenta tenía una de las nóminas más caras y deslumbrantes del continente. Fue uno de mis primeros ídolos futbolísticos, pero el de mi memoria no se parece en nada al hombre que ahora tengo al frente: pelo corto, entradas profundas, ceño fruncido y un poco pasado de kilos. Nos encontramos en la Plaza de Bolívar de Pereira…

Camilo Amaya: La verdad es que casi no lo reconozco sin su melena… y sin el uniforme naranja de la selección del 85.

Jhon Edison Castaño: Huy, ese uniforme, ¡qué cosa tan espantosa!

CA: No me diga eso, siempre me pareció el mejor uniforme de Colombia.

JEC: Era horrible, hermano, no le contrastaba nada. Métale rayas amarillas, azules y rojas a ese muro [señala la pared color naranja del fondo del restaurante en donde estamos ahora] a ver cómo queda.

CA: Bueno, es que yo era muy niño, no me fijaba en esas cosas…

JEC: Pero eso no era lo peor, cómo le parece que las camisetas las había dejado la selección de mayores y eran de manga larga, ¡para ir a jugar a 40 grados! Entonces les cortaron las mangas con tijeras y se las cosieron con hilo, ¡imagínese cómo quedó ese remiendo!

CA: ¿Así de mal estaban de patrocinio?

JEC: Qué pesar de nosotros. Al equipo lo patrocinaba una empresa que se llamaba Deportesa y que nos mandó las sudaderas. Eran blancas con una raya azul, y uno se las ponía y quedaba como en piyama. Las medias eran de lana y nos quedaban ‘juanchonas’ después de los partidos; nos tocaba usar ligas para amarrárnoslas. Los tenis eran de una marca que se llamaba Fastrak, no sé si se acuerde, que producían una ‘pecueca’ terrible porque eran como de caucho. Imagínese nosotros en esas, cuando vemos llegar a Brasil, a Argentina, a Uruguay, con esos uniformes tan berracos y nosotros con los guayos rotos. Mientras nosotros comíamos panela, ellos tomaban Gatorade.

CA: Y a pesar de eso, se jugaron un gran campeonato, quedaron de terceros y clasificaron al Mundial de la Unión Soviética.

JEC: Oficialmente quedamos terceros, pero nosotros siempre decimos que quedamos subcampeones, porque tuvimos todas las estadísticas iguales a las de los paraguayos y ellos eran los dueños de casa. El éxito de ese torneo estuvo en que el técnico [Luis Alfonso] Marroquín nos trabajó mucho la cabeza para que dejáramos de pensar que éramos las cenicientas. Nos decía que éramos los mejores, los más bonitos, y nos convenció de que nos íbamos a comer a nuestros rivales.

CA: A pesar de la pinta…

JEC: Llegamos con una confianza bárbara, sin importar que equipos como Brasil contaban con jugadores como Romario o Bebeto, Uruguay con Rubén Sosa, Paraguay con Chilavert. Y con todo, nosotros tuvimos al mejor volante, al mejor arquero y al mejor jugador del torneo.

CA: Que fue usted.

JEC: Sí, y eso fue una gran alegría, porque yo le había prometido a mi papá que regresaría siendo el mejor jugador del campeonato. Y le cumplí.

CA: Esta es una edición sobre la paternidad, ¿qué tanto le debe a su viejo?

JEC: ¡Todo! Vea, nosotros fuimos una familia muy pobre, pero a pesar de eso, nunca nos faltó nada. Mi papá era matarife, sacrificaba el ganado en el matadero, un trabajo jodido. Todos los días a las siete de la noche me tocaba llevarle la comida. Como Pereira tiene un relieve muy quebrado y nosotros vivíamos muy abajo, tenía que subir unas siete montañas con el portacomidas. Eso me ayudó a fortalecer las piernas. Y siempre bajaba cargado con carnita.

CA: Al menos comida nunca les habrá faltado.

JEC: Nunca. Nada se desperdiciaba. Nos daban la raíz o el viril del toro, en caldo o chocolate, y la sangre con cebollas. Éramos pobres, pero muy dignos.

CA: ¿Le gustaba el fútbol a su papá?, ¿lo apoyó en esto?

JEC: Era muy aficionado. A los cinco años me regaló mi primer balón, uno amarillo de cuero cosido; unos guayos marca Príncipe y el uniforme del América, equipo del que era muy hincha –yo salí del Deportivo Pereira–.  Le decían ‘torito’ y era insoportable en la tribuna, tanto que una vez un juez de línea le quebró una banderola en la cabeza. Yo jugaba de pelado con el equipo de Postobón y en un partido le estábamos ganando al Deportivo Pereira 3-1, a un minuto de que se cumpliera el tiempo. Yo había hecho dos goles. Y hermano, pitaron hasta el minuto 57, ¡un descaro! Nos empataron y en el minuto 57 metieron el gol de la victoria. El árbitro ahí mismo le puso fin del partido y mi papá, indignado, le mostró al juez una navaja suiza, como para amenazarlo. Pero el tipo se le fue encima y le quebró la bandera en la cabeza. Ahí mismo le salió un hematoma horrible. Otro juez de línea también se vino y todos contra mi papá. Yo me metí y le mandé una patada voladora a uno de los tipos, pero no se la pegué. Después me querían sancionar cinco años por haber intentado pegarle a un árbitro.

CA: Volvamos al Suramericano. Si no estoy mal, esa fue la primera vez que una juvenil clasificaba a un Mundial.

JEC: No solo eso; fue la primera vez que un seleccionado despertó tanta pasión. La llegada de Colombia del Mundial de Brasil el año pasado me recordó mucho la de nosotros. El bus no tenía por dónde pasar. Firmábamos hasta suelas de zapatos.

CA: Y, sin embargo, lo que más recuerdo de ese torneo no fue un gol suyo, sino uno que se comió, contra Argentina.

JEC: Sé de cual me habla, una jugada en la que me saqué como a siete, muy parecida a la que hizo Maradona en el 86, pero rematé por fuera; lo boté. En el aeropuerto nos esperaba el presidente Betancur, y lo primero que me dijo fue: (imita su voz bastante bien) “Castañito, ¿por qué no la metiste?”.

Véalo aquí desde el segundo 0:43


CA: Y ahí empezaron las comparaciones con Maradona.

JEC: Meses después, cuando llegamos al Mundial sub 20 de la Unión Soviética, me entrevistaron con intérprete para la televisión de Hungría, equipo que enfrentaríamos en el primer partido, y ya decían que yo era el ‘maradonita colombiano’. Tiempo después, cuando jugaba en Racing de Argentina (en 1989), coincidí con Maradona en la inauguración de no sé qué cosa. Me lo presentaron, pero él ya me conocía. Me dijo: “Che, Castaño, vos jugás como yo”. Y yo le respondí: “No, vos sos el que jugás como yo”, y todo el mundo se murió de la risa.

CA: Debió haber sido emocionante para usted conocer a un ídolo como Maradona.

JEC: Pero no era la primera vez que me lo encontraba. En 1980 yo era recogebolas, y él vino con Argentinos Juniors para jugar un amistoso contra el Pereira. Nosotros teníamos acceso a los túneles y a los camerinos, así que nos colamos para ver al astro. Él estaba ahí, haciendo figuras con el balón, cuando de un momento a otro se le escapó y me cayó a mí. Yo la dominé y se la devolví.

CA: ¿En serio?

JEC: ¡Claro!, fue en la misma ocasión en que ‘el Pelusa’ marcó ese que él mismo llamó el mejor gol de toda su carrera. Mucha gente cree que fue el que le metió a Inglaterra en el 86, pero no, fue al Pereira en el 80. Y yo estaba detrás del arco.

CA: Estábamos en el partido contra Hungría. Íbamos perdiendo 2-0 en el minuto 85, pero terminó 2-2.

JEC: ¿Se acuerda de eso?

CA: Poco, solo recuerdo que fue muy emocionante.

JEC: Fue increíble, caíamos 1-0, pero dominábamos el partido y estábamos cerca del empate, cuando Hungría nos anotó el segundo en el minuto 85. Ya todo el mundo lo daba por perdido y en el minuto 88 Felipe Pérez marcó el 2-1. Un minuto más tarde, James Rodríguez (padre del ídolo del Real Madrid) le pegó desde afuera para el 2-2. ¡Empatamos en un minuto! Luego jugamos contra la Bulgaria de Hristo Stoichkov, [Emil] Kostadinov...

CA: Figuras en el Mundial de Estados Unidos 1994.

JEC: Esos mismos. Empatamos 1-1. Clasificamos con una victoria contra Túnez 2-1, en la que yo anoté el primero y John Jairo Tréllez el segundo. En ese partido me dieron una copa hermosa de cristal por ser el mejor jugador de la cancha. Usted no sabe  lo que hice yo para traer esa copa de allá hermano. Me robé unas sábanas del hotel y la envolví bien. Nosotros nos devolvimos en un avión de KLM que paraba en todas partes: Fráncfort, Copenhague, Ámsterdam, Aruba, Panamá. Eso uno se demoraba como dos días para cruzar de Europa. Y yo con esa copa para todos lados. ¿Sabe qué es lo más triste? Que años después me la rompieron. Mi mujer de ese entonces se la dio a guardar a una muchacha y el hijo de ella, que estaba aprendiendo a caminar, se agarró de la copa y la tumbó. Se quebró en mil pedazos. Ahí los guardo, tengo ganas de volverlos a fundir.

CA: Y luego llegó el descalabro con Brasil, 6-0 en contra.

JEC: Nosotros cogimos una bronquitis, varios estábamos enfermos, y era el Brasil de Romario, Müller, Bebeto, Silas, Taffarel, Neto y Gerson, entre otros. Higuita se había lesionado, así que en el Mundial tapaba Eduardo Niño. Él era muy querido, pero la verdad yo nunca le tuve mucha fe en la portería, tenía muchos baches.

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Selección Sub 20 de 1985. Arriba desde la izquierda: Eduardo Niño, Felipe Pérez, Álvaro Núñez, Diego Laínez, Carlos Álvarez, John Jairo Tréllez, Jairo Ampudia, Jhon Córdoba y René Higuita. Abajo: Hugo Caicedo, Wilmer Cabrera, Romeiro Hurtado, Jhon E. Castaño, Jhon E. Álvarez, Carlos Mesa, James Rodríguez y Orlando Maturana. Archivo personal / Cortesía Los Informantes

CA: De ahí usted llegó a ese recordado América de Cali de mediados de los ochenta, pero no brilló, ¿qué pasó?

JEC: Mi llegada fue un gran problema. Al equipo lo dirigía Gabriel Ochoa Uribe, a quien le respeto todos sus títulos, pero a quien no tengo nada que agradecerle.

CA: ¿Por qué?

JEC: Ese señor me cortó las alas, no me dejaba jugar, pero tampoco dejó que me vendieran cuando llegaron ofertas, por ejemplo, del Murcia de España. Me dijo que debía esperar a que todas esas estrellas cumplieran su ciclo. ¡Esperar 10 años a que se retiraran!

CA: Era una nómina increíble.

JEC: Gareca, Cabañas, Battaglia, Falcioni, Willington Ortiz, Hernán Darío Herrera, Ampudia, ‘Chonto’ Herrera, ‘el Pitillo’ Díaz, ‘el Pony’ Maturana, Álex Escobar, ‘el Pollo’ Díaz. Como mínimo había seis jugadores por cada posición, y lo que más había era delanteros.

CA: Y aún así, nunca ganaron la Copa Libertadores.

JEC: Es que era un equipo que no jugaba a nada.

CA: ¿Por qué lo dice?

JEC: Sinceramente, nosotros tuvimos que haber ganado la copa al menos tres veces. Pero Ochoa era un técnico que le decía a uno: “Vea, coja de aquí para allá, váyase con el lateral hasta allá y devuélvase con él. Que no levante centros y usted, tire centros”. ¿Qué es eso?, ¡esa era toda la estrategia!

CA: Complicado manejar ese camerino lleno de estrellas.

JEC: El ambiente nunca me gustó. Todo era una competencia por el mejor carro, la mejor ropa, los perfumes. No había una camaradería. Además, Ochoa era muy estricto y uno no podía ni bromear ni ser uno mismo. Allá no había alegría.

CA: ¿Cómo era la relación con los extranjeros del equipo?

JEC: Falcioni era un tipo muy serio y solitario. Llegaba temprano en la mañana y se ponía a fumar sentado sobre un balón medicinal, así lo recuerdo. Pero a la hora de entrenar, era el más comprometido, llegaba de primero, se iba de último. ¡Qué berraco para entrenar! Battaglia parecía colombiano, siempre alegre, le fascinaba estar con los más jóvenes. Buen tipo. Gareca era un señorazo. Cuando estuve en Argentina fue él quien me recibió. Gerardo González Aquino, un líder.

CA: Equipo con mucha plata.

JEC: Mucha. Mientras aquí le metían 10 millones de dólares al equipo, a otros grandes como Peñarol de Uruguay o Cobreloa de Chile no les metían ni dos. Vivíamos de los premios y de los regalos. Uno decía: don Miguel, es que necesito dos milloncitos, y él respondía: “No me diga para qué los necesita, tenga”.

CA: Estamos hablando de Miguel Rodríguez Orejuela, ¿no?

JEC: Sí, mi pase lo compraron los Rodríguez Orejuela por 15 millones de pesos, aunque a mí me dijeron que habían sido cinco. En todo caso, eso era un montón de plata. El primer carro que me compré fue un Renault 9 que me costó un millón quinientos.

CA: ¿Sabían los jugadores que esa plata venía del narcotráfico?

JEC: Yo no sabía nada, ¡de verdad! Veía mucha plata, mucha riqueza, pero no preguntaba.

CA: Era muy joven, ¿cómo manejaba el dinero?

JEC: A mí del 84 al 85 me cayó todo encima. Plata y fama. Y yo con 17 años, ¿cómo manejaba todo eso? En el América me ganaba 200 mil pesos mensuales y primas de dos millones.

CA: Se ha hablado de indisciplina suya, de noches de rumba…

JEC: Nunca tuve problemas en un equipo profesional por indisciplina. Nunca llegué con tragos o con tufo, ¡jamás! Lo que pasa es que la gente no entiende: yo me lesioné a los 21 años en Nacional. Una lesión tan grave que me dijeron que difícilmente podía volver a jugar fútbol. Se me fracturaron los cóndilos femorales. Luego recaí al poco tiempo de llegar a jugar a Racing. Hoy, cualquier cosa que pase la operan, pero en esa época no. Mi indisciplina era, a veces, llegar tarde. Me metía al baño y me demoraba mucho.

CA: ¿Qué tanto hacía?

JEC: En ese tiempo me secaba el pelo con los dedos y me demoraba por ahí media hora. Entonces en ocasiones llegaba 5 o 10 minutos tarde. También me gustaba mucho comer bien, ir a restaurantes, así que llegaba 2 o 3 kilos pasado y por eso a veces no me dejaban jugar.

CA: Entonces no todo es mentira.

JEC: Como deportista uno debe medirse y yo no me medía. Iba por mi cheque, salía a comprar tenis, equipos de sonido, perfumes, relojes; cambiaba de carro cada tres o cuatro meses. Y lo que siempre me gustó a mí, que fueron las mujeres. Eso pudo haber incidido en mi rendimiento y me trajo problemas con la que era mi esposa.

CA: La inmadurez...

JEC: Hoy los jugadores tienen sicólogos, dietistas, manejadores. Todos van en coche. En mi época no había ni escuelas de fútbol. Nadie me guió. A mí me tocó sentarme a los 17 años con Juan José Bellini, Pepino Sangiovanni y don Miguel Rodríguez Orejuela a firmar un contrato. Obviamente, no sabía qué hacer, no tenía la facultad de decidir nada.

CA: ¿Cómo debutó tan joven?

 
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